Luchando por la vida hasta su muerte
A pesar de la indudable decadencia de la Iglesia Católica en los últimos años, es increíble la colosal cobertura mediática que está rodeando a la muerte de Juan Pablo II, y que seguirá rodeando hasta la próxima fumata blanca y los primeros pasos del próximo Papa.
Para los de mi generación, este Papa ha sido nuestro único Papa, y creo que nos resultará extraño ver a otro hombre ocupando su lugar. No tengo ni idea de quién podrá sucederle, a pesar de que en estos días, y con la ayuda de la televisión, muchos hemos aprendido casi de memoria el procedimiento que se puso en marcha para completar esta peculiar sucesión.
Viendo cómo ha actuado la Iglesia en estos últimos años, cuesta mucho creer que sean capaces de poner al frente de ella a alguien con la suficiente valentía como para reformarla y acomodarla a los nuevos tiempos. Pero si no lo hacen (y creo que incluso haciéndolo), su cuesta abajo se seguirá pronunciando cada vez más.
De todas formas, y pese a esta decadencia, si algo hay que reconocerle a Juan Pablo II (entre otras muchas cosas que también he aprendido estos días gracias a la tele), ha sido su firme coherencia hasta su muerte. Siempre se caracterizó por defender la vida ante todas las cosas (estando radicalmente en contra del aborto, de la eutanasia, de la pena de muerte, etc.), y demostró que no sólo eran palabras. Sus últimos años de vida, y su propia agonía han sido la prueba de que creía firmemente en lo que predicaba. Y eso merece todo mi respeto, y mi admiración.
El Jesús que nos muestran es un Jesús humano, del linaje de David, Rey de Israel. Casado con María Magdalena, descendiente de la familia real de la tribu de los benjamitas, consiguió la reconciliación entre las distintas tribus judías, con lo que intentó ejercer su derecho al trono de Israel, en plena ocupación romana.
Está claro que fracasó, y que dicho fracaso concluyó con un exilio del propio Jesús, con datos bastante confusos sobre el posible fraude de la crucifixión. Por otro lado, su familia también huyó, a Francia, buscando la supervivencia de su linaje, linaje que, siglos más tarde, derivaría en los famosos Merovingios.
De estos seguidores proviene la actual Iglesia Católica (y Romana), que competía por el liderazgo con otras tantas iglesias cristianas, y que lo alcanzó al pactar con la dinastía Merovingia cuando ésta reinaba en territorio francés.













